Es curioso: suele pensar uno, humano naturalmente egocéntrico, que ciertas situaciones sólo te ocurren a ti, o por lo menos ni nos detenemos a pensar que tal situación se puede repetir constantemente en otros tiempos y espacios, incluso hasta cercanos.
Sólo un ejemplo:
Como la estación de Metro que me pilla cerca de casa está en la línea amarilla, normalmente debo hacer transbordo en Sol para desplazarme por Madrid. Y a veces (la verdad es que más veces de las que quisiera o debiera) me suelo detener en un puesto que hay allí de gofres, perritos, bebidas y demás. ¿El objetivo? Siempre el mismo: pedirme un perrito con mayonesa y ketchup, que me voy comiendo hasta llegar al andén de la línea destino.
Hoy, delante de mí, había una muy acaramelada pareja de las que suelen llamar mi atención, aunque sea una tendencia que cada vez se ve con más facilidad: un hombre español de mediana edad (de 35 a 40), y una mujer latina probablemente más joven. Digo "latina" por ser la etiqueta con que más fácilmente nos identifican a quienes procedemos de Iberoamérica; pero, bueno, que ya sabemos que en cualquier caso este hombre español también es latino, y seguramente el que esté leyendo esto también. La chica en cuestión seguramente sea caribeña, quizá dominicana o boricua.
Ellos, como yo, iban a por perritos. Él, comedido, lo pidió con mostaza. Ella, rebosante, lo pidió con "todo": mayonesa, ketchup y mostaza, con una importante aclaratoria a la dependienta: "pero no me le pongas picante, mi amol". Acto seguido, y mientras esperan el pedido, ella se vuelve de nuevo al consorte y le explica, emocionada, que allá los perritos no son "perritos", que son "perros calientes", y que no son tan sosos, que llevan salsas de todo tipo, y papitas, y tomate, y aguacate, y repollo, y zanahoria, y pare de contar. En sus pupilas podía verse con facilidad el añorado perro caliente. En las del hombre sólo podía vérsela a ella: quizá no entendía nada, quizá no le interesaba, pero enamorado como está de la mulata sonreía con los ojos brillantes. Termina ella su descripción con una exhortación: "cuando vayas allá te vas a poner así de gordo", a lo que él responde "¡vamos, no me extraña!".
Siguieron su camino, y yo el mío. Me emocioné. Me emocioné comprobando que la historia que he vivido se repite unas cuantas veces al día, aquí o en cualquier sitio. Me recordé contando a mi pareja (o a eso que llaman "ex") tantas cosas sobre mi país, leyéndole cosas, enseñándole fotos, preparándole comidas, planificando un viaje a Caracas, Choroní y El Salto Ángel que finalmente abortamos. Me recordé, a la vez, cómo fui conociendo a España (su geografía, su historia, su léxico, sus comidas, etc.) de la mano de una relación de dos, y no pude evitar sonreir. Transculturalidad que llaman. Lástima que incluso pese a eso no llegamos a conocernos después de casi dos años (no te enfades si me lees). Imbecilidad que llaman.
Vuelta a la realidad. Llego al andén. La servilleta del perrito a la basura. Próximo tren en 4 minutos...